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El contrapunto de la música clásica en la democracia cultural chilena

8 de enero de 2024


En los últimos años, las políticas culturales chilenas han cambiado sus énfasis. El problema central del Estado ya no es el acceso a la cultura, sino que la participación cultural; las premisas que guían la acción pública tienen menos que ver con el derecho a la cultura y más, con los derechos culturales. Estos cambios han implicado una serie de cuestionamientos sobre el lugar que ocupa la música clásica en un modelo de democracia cultural. Sus posibilidades y limitaciones son abordados en el siguiente artículo.

La música clásica ha sido una manifestación insigne de las políticas de democratización cultural en Chile, o así lo han demostrado distintas iniciativas que, desde el Estado, han buscado subvencionar su consumo, fidelizar audiencias y enseñar a tocar instrumentos a niños, niñas y jóvenes.

Paulatinamente, esta mirada que busca asegurar la oferta y promover el acceso de los individuos a prácticas artísticas canónicas, propias de una ‘alta cultura’, ha sido desplazada por la democracia cultural, una mirada que busca enfatizar la participación ciudadana, sus intereses, sus experiencias subjetivas y las prácticas artísticas propias de su territorio y de sus comunidades.

¿Cuál es el lugar de la música clásica en este cambio de énfasis? Existen diversos supuestos. Por ejemplo, que la música clásica es una práctica exclusiva de la élite o que solo le interesa a un grupo reducido de personas y que, por lo tanto, no sería prioritaria para la democracia cultural.

En conversación con la candidata del Doctorado en Artes UC Rosario Bravo y el académico del Instituto de Música UC José Manuel Izquierdo, se abordan estas y otras dificultades que hoy enfrenta el desarrollo de la música clásica en Chile.

“La única manera en que vamos a lograr que más gente pueda apreciar lo que significa hacer música clásica, es que más gente tenga la oportunidad de hacerla y de encontrarla, no de una forma pasiva”, afirma José Manuel Izquierdo.

¿Un fenómeno de élite?

Rosario Bravo lleva tres años investigando coros comunitarios, participativos y no tradicionales de la Región Metropolitana y la Región de Valparaíso, en un contexto de democracia cultural. Dos de los elencos que destaca en su investigación son el Coro Ciudadano Inclusivo del Litoral de los Poetas en El Quisco y el Coro Polifónico de Quilicura, ambos dirigidos por la cantante mapuche Karen Wenvl.

Ellos trabajan mucho con música clásica porque ella estudió canto lírico, pero no la abordan de forma tradicional. No ocupan partitura y no toman una nota de referencia con un diapasón. Karen les da una nota de entrada y acomoda la obra según cómo se vayan sintiendo los coristas”, relata la investigadora UC.

En el marco de su investigación doctoral, Rosario Bravo lleva tres años investigando a coros comunitarios de la Región Metropolitana y Región de Valparaíso.

De acuerdo con José Manuel Izquierdo, bajo la actual institucionalidad cultural chilena, las prácticas de estos coros estarían alejadas de lo que hoy define a la música clásica.

Desde hace 20 años, la Ley de Fomento de música chilena define música clásica como “aquella música cuyo aprendizaje se realiza en base a normas académicas de consenso universal, que se registra y transmite preferentemente por vía escrita (partitura), que explora estructuras y formas complejas y cuyos autores son identificados”.

Por útil que resulte para la entrega de premios o asignación de recursos, según José Manuel Izquierdo esta definición implica que la relación de las personas con la música clásica sea compleja, “nuestra definición legal propone que este tipo de música solo la pueden hacer personas altamente calificadas (…), planteando que algunos están para producir y el resto está ahí para consumir pasivamente, para escucharla”.

― No se puede desconocer que la música clásica sí se ha configurado como un fenómeno de élite.

No es desconocer que en muchos casos lo es, pero si solo la entendemos como un fenómeno de élite, estamos perdiéndonos de muchos aspectos de las prácticas de estas músicas en la sociedad. La escena de la música clásica es mucho más grande que lo que dice esa definición, que ha influido inevitablemente en las políticas públicas, acota.

Al respecto, Rosario Bravo plantea que “la música clásica se ve como algo que es exclusivo de una élite porque es demasiado compleja y requiere de mucho estudio o habilidades específicas, pero este tipo de coros te prueba que no, ellos posibilitan que todas las personas pueden crear e interpretar música. Desafían todos nuestros prejuicios”.

Una ciudadanía activa y creativa

En el marco de la conferencia internacional Política Cultural y Democracia Cultural: Un Diálogo Global, el Anillo Música y Patrimonio (Animupa) organizó el panel “¡Tiembla, Beethoven! Desafíos y oportunidades de la música clásica entendida como patrimonio para la democracia cultural”. Allí, los investigadores del anillo dirigido por el compositor e ingeniero eléctrico Rodrigo Cádiz y el musicólogo José Manuel Izquierdo, ambos académicos del Instituto de Música UC, plantearon que la discusión parte de una distancia entre el concepto de democracia cultural y el de música clásica.

“Nuestro interés parte de creer que la música clásica es una tradición musical muy rica que vale la pena, y que, por tanto, debemos trabajar para que más personas puedan acercarse activamente a ella”, afirma José Manuel Izquierdo.

― Pese a este cambio de énfasis en las políticas culturales chilenas, no han existido cambios en desmedro de los programas vinculados a la música clásica, por ejemplo, de la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles de Chile (FOJI) o del Programa de Orquestas Regionales Profesionales. ¿Cuál es la preocupación de Animupa?

Si la democracia cultural tiene que ver con velar que no exista una asimetría de dignidades, es obvio que la música clásica tiene dos problemas grandes. El primero es que, actualmente, las políticas públicas utilicen una definición en la que queda de manifiesto que la música clásica sería más digna que otras músicas y que, por tanto, quienes la escuchan o la hacen también lo serían. Esto genera una tensión innecesaria con otras músicas y escenas musicales. El segundo es que, por distintos contextos o razones socioeconómicas, las personas no puedan participar creativa y activamente de la música clásica.

― ¿Desde Animupa buscan proponer una nueva definición de música clásica para Chile?

― Como Anillo nos importa impactar en las políticas públicas, por lo que tenemos que lograr comunicar que esta definición es un problema. Por otra parte, creo que una definición es algo que siempre tiene que ser consensuado, e ir cambiando con la sociedad y su contexto.

A finales de noviembre, el Anillo de Investigación Música y Patrimonio organizó un panel para abordar las problemáticas de la música clásica y la democracia cultural. Fotografía de Rodrigo Alarcón.

Con respecto a la idea de una ciudadanía que participe creativa y activamente de la música clásica, José Manuel Izquierdo plantea que hoy el foco está en que niños, niñas y jóvenes aprendan un instrumento, sin embargo, los incentivos desaparecen cuando ellos llegan a la adultez.

― Una persona que llega a una cierta etapa con su instrumento, sin ser músico profesional, no tiene hoy los espacios para hacer música. Hay una enorme distancia entre quien se dedica profesionalmente y quien no, y por eso la comparación con el deporte es muy rica. Existen deportistas de muy alto nivel a los que, como vimos en los Panamericanos, todos podemos apreciar. Pero eso no quita que el público sepa que también podría practicar ese deporte el resto de su vida si así lo quisiera, y sin dejar de apreciar ese alto nivel, que, en el caso de nuestros músicos profesionales, luego de años de estudio, va también de la mano de una desarrollada sensibilidad artística por los repertorios y las técnicas.

¿Se asume que actualmente la ciudadanía no tiene esa posibilidad?

― Se asume que la gente no tiene esa posibilidad, masivamente hablando. En Chile, no hay mayormente espacios para hacer música clásica fuera de un marco institucional que está súper definido. La única manera en que vamos a lograr que más gente pueda apreciar lo que significa hacer música clásica, es que más gente tenga la oportunidad de hacerla y encontrarla. No de una forma pasiva. Que más gente pueda vivir talleres de composición, que pueda tener la oportunidad de hacer música con otras personas, de participar en un coro, probar arreglos, etc.

Como ejemplo, la doctoranda Rosario Bravo menciona la Orquesta Comunitaria Metropolitana (OCOM), una de las primeras orquestas comunitarias de Chile, conformada en su mayoría por músicos aficionados de forma autogestionada. “Apuntan a un tipo de participante que quedaba en un limbo. Personas que finalizaron el ciclo inicial, dedicando muchos años de su vida al instrumento, pero que terminaron por estudiar y trabajar en otra cosa", afirma Rosario Bravo.

Según José Manuel Izquierdo, “eso en Inglaterra, Francia, Alemania y otros países similares es súper común. En Chile existe una distancia muy grande entre una música de muy alto nivel con intérpretes excelentes, con una fuerte tradición universitaria, y los intérpretes aficionados, que son una rareza. Pero es algo que está creciendo, pese a que no está visibilizado en nuestra política pública”.

En la UC, un gran ejemplo del empoderamiento de los músicos aficionados es la Orquesta Interfacultades UC, en la cual participan estudiantes de distintas carreras de la universidad. Esta orquesta es dirigida por el músico Eduardo Jahnke. Foto de Karina Fuenzalida.

Antes de finalizar el proyecto en 2025, Animupa se propuso realizar un catastro de esos distintos elencos y proyectos que practican la música clásica en Chile, idealmente incluyendo todas esas formas no institucionalizadas, como los coros amateurs, las bandas de bronce, los conjuntos de cámara, los conjuntos de música antigua, los festivales regionales, entre otros.

Por mencionar un caso, es muy interesante cómo funcionan las iglesias que tienen órganos como espacios de concierto, porque son gestionadas por las propias comunidades de esas iglesias y muchas no tienen vínculos con ninguna institución formal. No se puede decir que hay un circuito, porque muchas veces no se conocen entre ellas, pero son varias decenas a lo largo de Chile”, explica José Manuel Izquierdo.

En este catastro, ¿van a ocupar la definición de música clásica que aparece en la ley o van a abrirse a una definición distinta?

 Es difícil definir música clásica. Hay diferentes definiciones y creo que en el fondo tienen que ver con una combinación de distintos elementos que no tienen por qué estar todos presentes. Tiene que ver con ciertas técnicas o maneras de hacer música que son trans o intergeneracionales, que se van heredando de una generación a otra, no sólo de persona a persona. Hay una cierta herencia que tiene que ver con prácticas y con repertorios, pero no necesariamente siempre con las dos a la vez. Por ejemplo, qué pasa con un cuarteto de cuerdas que hace arreglos de música popular, bueno ahí claramente hay una herencia de técnicas asociadas a ese instrumento, pero no de repertorio. Y qué pasa con los coros que cantan el Mesías de Haendel pero sin un entrenamiento lírico, bueno, ahí claramente hay repertorio, pero no necesariamente una técnica. Entonces, no están representados siempre los dos elementos, pero esa definición a mí me acomoda.

Como parte del Anillo de Música y Patrimonio (Animupa), José Manuel Izquierdo será parte de la elaboración de un catastro de elencos y proyectos de música clásica en Chile, que esperan publicar durante 2025. Fotografía de Mila Belén.

La experiencia de la música comunitaria

Tras obtener la licenciatura en Artes con mención en Teoría de la Música y el título profesional de directora de coros por la Universidad de Chile, Rosario Bravo se encontró con un campo laboral inesperado: trabajar con personas que no tenían experiencia cantando ni conocimientos musicales. “Era muy frustrante tratar de aplicar todo lo que yo había aprendido. Me di cuenta de que mis herramientas servían solo para ciertos tipos de participantes y buscando otras maneras de dirigir llegué al máster en Musicología en la Universidad de Manchester”, cuenta la doctoranda sobre su experiencia en Inglaterra, país donde estudió sobre coros comunitarios desde la pedagogía critica.

Actualmente, en su investigación doctoral, Rosario Bravo está realizando un trabajo de campo desde el marco teórico de la música comunitaria, a partir de una perspectiva etnomusicológica aplicada. Su intención es realizar un panorama general de coros comunitarios, tomando en cuenta manifestaciones latinoamericanas de coro, como ensambles vocales y murgas de estilo uruguayo. “El concepto de coro es un poco más abierto que el coro que se presenta solamente en un escenario, de forma estática, con su ropa negra y su partitura”, explica la investigadora, que participa en la murga La Villana y codirige el Coro Comunitario Chirihue.

¿Los elencos que estás investigando cuentan con el apoyo del Estado?, ¿crees que el Estado debería apoyarlos?

― No necesariamente. Una de las características de la música comunitaria es que no pide ni necesita el permiso de autoridades para existir. Yo creo que el Estado tiene que proveer las oportunidades para que la gente pueda participar de las artes en la manera en que ellos decidan, no de la manera en que decida el Estado. Reconozco la agencia artística de las personas y por eso cuando uno ve este panorama, uno ve tanta diversidad, porque cada comunidad está decidiendo qué tipo de arte quiere hacer, qué tipo de música y de qué forma. En la medida que el Estado asegure esto estaría respetando realmente los derechos de las personas.

Lo que mencionas se vincula directamente con el concepto de democracia cultural…

― La idea de la democracia cultural es que tienen que existir posibilidades. El Estado, y las políticas culturales en concreto, tienen que preocuparse de que estén las condiciones para que las personas puedan expresarse en la manera que ellos decidan. Con la música clásica eso no pasa solamente por ofrecer clases gratis de algún instrumento. También puede haber temas de movilización, de tiempo libre, cuando estamos trabajando con menores de edad necesitamos que estén en un lugar seguro, incluso preocuparnos de su alimentación.

Esos aspectos no se vinculan necesariamente con el quehacer del Ministerio de las Culturas.

― La música puede cumplir diversas funciones en una sociedad, y en un país como este, es necesario que se generen políticas culturales que consideren a todo tipo de participantes no solamente a los músicos del futuro, sino que también a adultos, adultos mayores, personas neuro divergentes o con discapacidades, en general.

El Coro Ciudadano Inclusivo del Litoral de los Poetas, nace al alero de un proyecto artístico y social llamado “Kom pu Ülkantun”, donde participan Coros Ciudadanos Inclusivos, intergeneracionales e interculturales. compuesto por personas diversas, que van desde los 5 hasta los 93 años de edad, algunos situación de discapacidad, cuidadores, madres y padres con hijos, jóvenes con grandes sueños, personas trabajadoras y hermanos migrantes. Imagen de la página de Facebook Coro Ciudadano de El Quisco.

La música clásica en los Puntos de Cultura Comunitaria

En el Registro Nacional de Puntos de Cultura Comunitaria – instrumento que busca identificar, reconocer y valorar a las organizaciones sociales de base comunitaria como instancias fundamentales para avanzar hacia una democracia cultural–, solo una de las 58 organizaciones que fueron validadas en la Región Metropolitana en 2023, se relaciona directamente con la práctica de música clásica. Esto, aunque sea de público conocimiento la gran cantidad de coros, orquestas de cámara, cuartetos y ensambles, profesionales y no profesionales, que existen en la región.

Rosario, en el primer año de implementación de los Puntos de Cultura Comunitaria hemos podido ver que no son muchos elencos vinculados con la música clásica los que se han hecho partícipes de esta política a nivel nacional, ¿a qué crees que se deba esto?

― Los Puntos de Cultura han sido la política pública más concreta en torno a la democracia cultural, sin embargo, para participar, los elencos deben inscribirse como una Organización de Base Comunitaria (OBC) que pueda acreditar un trabajo territorial de a lo menos tres años. Yo creo que eso es lo más difícil (…). La gente tiene susto también, de lo que significa firmar y hacerse responsable de algo que es una afición, un espacio de ocio, a pesar de que estamos hablando de un trabajo que es colaborativo entre artistas profesionales y no profesionales.

Pero, estos elencos, ¿quieren tener financiamiento público?

― Es como un equilibrio complejo y no, no te podría responder por todos porque hay mucha variedad, pero sí te diría que hay muchos que están en una situación muy precaria en donde sí, ayudaría. Especialmente, cuando trabajas con personas vulnerables, por ejemplo, personas mayores que necesitan acceso a un lugar con una temperatura estable o un baño limpio.

Entre otras cosas los Puntos de Cultura vienen a atender esas necesidades ¿planteas que no son suficiente?

― Yo creo que van en el camino correcto, pero por la falta de organización de la ciudadanía, no están llegando donde deberían llegar. Y cuando una política pública no cumple con su objetivo, hay que reevaluarla. Cuando fue el lanzamiento de este programa, la gente que trabaja en organizaciones comunitarias fue súper crítica, porque ellos saben hace rato cuáles sus necesidades y el espacio de diálogo no estaba, porque las instancias de diálogo no fueron deliberantes. Es como contradictorio que tú quieras generar una política pública para que la gente pueda participar más, pero en la política que creaste la participación se enfoca solamente en el resultado, cuando para tener un resultado participativo tu metodología de creación de la práctica pública también tendría que ser participativa. Que es justamente lo que sí pasa con la música comunitaria, donde yo te escucho y adecúo mi metodología de enseñanza, de práctica y de técnica, porque te estoy tomando en cuenta.

 

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