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El fin del genio creador: la colaboración e inventiva en el trabajo de Andrés Kalawski

7 de junio de 2024


A propósito de su reciente nombramiento como profesor titular de la Universidad Católica, el académico de la Escuela de Teatro UC comparte algunas reflexiones sobre su proceso creativo y sus más recientes obras.

photo_camera Andrés Kalawski en Campus Oriente UC. Fotografía: Lía Alvear.

Como cocinero autodidacta, Andrés Kalawski (1977) admite su debilidad por los ingredientes raros y las preparaciones sofisticadas, pero a modo de comensal, podría morir comiendo albóndigas con salsa de tomate y arroz blanco. Basta con leer algunas páginas de su primera novela para aproximarse al imaginario culinario de este docente de la Escuela de Teatro y dimensionar la relevancia que la comida tiene para él.

Tiburones de tierra con garbanzos, piel de pájaro frita con erizos, vainas de algarroba cocidas con jarabe de peras de invernadero, son algunas de las preparaciones que aparecen en Cuchillos (2023), libro publicado por editorial Laurel.

—La comida es muy importante de distintas maneras. Es un vínculo entre las personas y por lo mismo tiene toda clase de carga. Uno puede hacer que la gente pase vergüenza con la comida, que tenga miedo, que se sienta amedrentada. No es solo que a mí me importe mucho, creo que en la cultura humana es muy importante. Casi todo lo que se cocina en ese libro existe y se puede comer. Por ejemplo, yo no maté a ningún camello para saber si quedaba bien en la receta, pero sí sé que su carne se conserva en mantequilla. Entonces fue un proceso de investigación e intuición importante.

—¿Fue un proceso diferente al que experimentas cuando escribes normalmente?

No hice una investigación tan ordenada como hubiera hecho, por ejemplo, en un paper académico. A veces mis obras que tienen vínculos históricos pecan de ser demasiado mateas, pero es importante darse espacios de arbitrariedad en la invención, porque ahí es donde se cuelan otras cosas. A mí me gusta harto documentarme y he tenido buena ayuda de otras personas que alimentan mi creación, porque esa idea de un creador en el vacío, al que todo le sale de la cabeza es un poco ingenua, no pasa. Hemos construido esa idea del genio, hombre en general (¡oh sorpresa!), al que nadie ayudó, nadie le hizo la comida. Despertó un día siendo genial, no tuvo que cuidar a nadie y creó, todo él solito. Pero nunca funciona así. O sea, hay gente muy creativa, pero siempre estamos en una trama y a mí me interesan los procesos que tienen que ver con esa trama.

—¿La crítica repercute en tu trabajo creativo?

—En Chile, tenemos pocos espacios de crítica. Uno tiene más cerca las opiniones de las personas. Por ejemplo, en alguna época se estaba actuando una obra mía en Teatro San Ginés y, en esa misma cuadra, yo estaba trabajando de garzón. A veces llegaba gente opinando sobre mi obra y para mí eso era muy difícil. Entonces, creo que tiene que ver más con cómo me vinculo con las opiniones de las personas.

La obra a la que el académico UC hace referencia es Más que nada (2001), pieza nominada al Premio APES como mejor texto dramático del año, que fue incluida en la VII Muestra de Dramaturgia Nacional. A este estreno, que ocurrió el mismo año que Andrés Kalawski se tituló de actor en la Universidad Católica, le siguieron obras como Pana (2009), Niño terremoto (2011), Un poco invisible (2014), Incentivos perversos (2018) y Mistral, Gabriela, 1945 (2019), entre otros.

En septiembre de este año, Teatro UC estrenará Eloísa (2023), obra coescrita con Emilia Noguera, que será dirigida por Andreina Olivari.

Cuchillos (Laurel, 2023) es la primera novela del académico UC Andrés Kalawski. Imagen Instagram de Editorial Laurel.

El trabajo colaborativo

—Yo espero que fracasen, pero de manera nueva, que no repitan los fracasos de los que vinimos antes— explica Andrés Kalawski sobre lo que le gustaría aconsejar a los estudiantes de la Universidad Católica, donde actualmente está brindando los cursos de Mito y relato dramatúrgico, y Teoría y práctica de la Dramaturgia II.

—¿Fue la dramaturgia la que te llevó a estudiar Actuación?

No. Yo tengo un video de niño, como a los 5 años, diciendo ‘cuando sea grande voy a ser actor’ y soy muy malo para cambiar de opinión. Y trabajé como actor. Soy un pésimo actor, pero me gusta. Lo que pasa es que la dramaturgia es algo que se puede hacer desde casa y yo, desde joven, tuve responsabilidades de cuidado con mis hijos. Escribir se puede hacer a cualquier hora y con los niños encima, y eso era muy importante.

—¿Dirías que tu trabajo como dramaturgo ha sido solitario?

—No, la gracia de la creación y de la dramaturgia es que uno tiene tiempo solo y acompañado. En la literatura también. Cuando escribo para niños, por ejemplo, hay momentos en que estoy solo y otros en los que estoy con una ilustradora o ilustrador y con editores. Entonces pensamos esta fantasía de la creación como si fuese una cosa solitaria pero no, a ratos es solitaria y otras veces, acompañada.

De hecho, algunos de los últimos trabajos del académico de la Escuela de Teatro UC corresponden a colaboraciones. Por ejemplo, junto con la académica Milena Grass realizó la traducción de las obras Girls and Boys (2022), La última sesión de Freud (2021) y Relatividad (2018).

—Yo soy la mosca de ese arado porque, en el fondo, Milena me arrastra y eso permite pensar mucho las traducciones. En teatro, lo que uno traduce no está en las palabras, sino que uno trata de encontrar algo que está fuera de las palabras. Las palabras no van a ser palabras, van a ser sonidos, van a ser emociones, acciones, ¿cómo traducimos eso?

La obra Girls and Boys (2022) fue la traducción más reciente de la dupla entre Milena Grass y Andrés Kalawski.

Además, Andrés Kalawski ha publicado una serie de libros infantiles, entre ellos, Un espacio vacío (2016), con la ilustradora Catalina Bu; Escribir para abajo: poemas para gente reciente (2018), con el ilustrador Matías Apsé; y Beso de buenas noches (2020), junto con el artista Joaquín Cociña. Al año siguiente, este último recibió el Premio Marta Brunet y el Premio Municipal de Santiago y fue escogido para ser parte del catálogo alemán White Ravens.

¿La colaboración es algo que buscas en los proyectos en los que participas?

—Mucho, porque me gusta alimentarme creativamente del resto. En parte, porque soy flojo y así uno trabaja menos, pero creo en la colaboración como algo muy importante.

"En la vida profesional me importan los conflictos porque quiere decir que lo que estamos haciendo nos importa. Cuando uno dice 'ya, da lo mismo', uno está renunciando a algo que uno quiere que quede de una cierta manera", sostiene Andrés Kalawski.

En la actualidad, el académico de la Escuela de Teatro UC participa del proyecto Fondecyt “After Harm: Interdisciplinary explorations of reparation initiatives in post dictatorship Chile” (2023-2026) y del Instituto Milenio para la investigación en Violencia y Democracia (VioDemos), donde fue parte del equipo creativo a cargo de Proyecto 50, podcasts con noticias publicadas por los diarios El Mercurio y El Siglo, en los 50 días previos y los 50 días posteriores al golpe de Estado de 1973. La narración estaba acompañada con la lectura de los nombres de las personas detenidas, ejecutadas o desaparecidas durante los 50 días posteriores al 11 de septiembre. 

—Fue un proyecto con muchas peleas y sufrimiento porque había cosas bien importantes que discutir, ya que nunca cabe todo en un relato. Había que decidir qué dejamos adentro, qué dejamos afuera y en qué orden. Por ejemplo, la decisión de que los nombres de las personas asesinadas o hechas desaparecer por la dictadura en cada uno de esos 50 días posteriores al golpe se leían siempre a la misma velocidad, sin importar cuanto tiempo tomara. Esto, en el caso de Ximena Jara, que era quien leía los nombres, a veces era un enorme esfuerzo emocional y hacía que el podcast fuese mucho menos vendible, porque es mucho más fácil distribuir una cosa en la que todos los capítulos duran lo mismo. Ese tipo de cosas eran pelea.

¿Se trataba de un equipo muy diverso?

—Había tres historiadores, una abogada, un ingeniero, una periodista, un músico y yo, que no sé lo que soy. Teniendo mínimos comunes que tienen que ver con nuestro aprecio por los derechos humanos y la democracia, nosotros teníamos diversidad política al interior del equipo. Entonces sí, teníamos discusiones, pero en el teatro nosotros sabemos que el conflicto es la base de la acción humana. Rehuimos al conflicto en el trabajo porque es agotador, pero no es necesariamente malo.

¿El conflicto es algo a lo que estás habituado?

—Sí, yo siento que es mi obligación tener conflictos. En la vida no, en mi vida personal soy una ameba y rehúyo del conflicto porque soy un cobarde. Pero en la vida profesional me importan los conflictos porque quiere decir que lo que estamos haciendo nos importa. Cuando uno dice 'ya, da lo mismo', uno está renunciando a algo que uno quiere que quede de una cierta manera. A mí no me gustaría ser como Sting que se agarraba a combos con los otros de The Police porque eran incapaces de organizar el conflicto (nota aclaratoria: al académico UC sí le gustaría ser musculoso como Sting). Me gustaría ser capaz de organizar y conducir el conflicto, pero me importa que haya conflicto. Si no, quiere decir que algo está fallando, es para sospechar.

 

 

 

 

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