fbpx

Políticas del Espacio: 20 años en 770 m2

23 de septiembre de 2021


La exposición presenta el trabajo de 20 artistas chilenos que han abordado el espacio desde materialidades, imágenes o ideas comunes. Hablamos con César Gabler acerca de sus decisiones como curador, de aquella generación de creadores y de la desafección que cruza transversalmente su trabajo.

photo_camera Panorámica de Santiago / Cerro Santa Lucía (2002), Gerardo Pulido.

Hasta el 17 de octubre, el centro cultural Matucana 100 celebra su vigésimo aniversario con Políticas del Espacio, muestra curada por César Gabler que reúne el trabajo de 20 artistas chilenos.

Contra toda obviedad, el curador de esta exposición advierte que no se trata de una retrospectiva. Tampoco de un intento por fijar deliberadamente una tipología del espacio, ni de describir un canon o una jerarquía de artistas. Por el contrario, al buscar una relación entre el pie forzado de la muestra, los 20 años de Matucana 100, y la obra de una generación de trayectoria paralela, el espacio apareció como tópico natural.

“Muchas obras abordaban o se apropiaban de la espacialidad de un modo u otros casi siempre desde un giro político. La ciudad, la casa. La propia galería es un motivo de interés por la historia del recinto (su pasado estatal, las conexiones con la ciudad a través del sistema ferroviario urbano y una larga cadena de hechos) entonces me pareció que se producía una coincidencia afortunada”, explica Gabler.

Así, en 770 m2, Políticas del Espacio despliega el trabajo de un conjunto de obras —de archivo o inéditas— en torno a múltiples dimensiones. El espacio aparece como escenario del recuerdo o el trauma (Matías Movillo (1970), Pablo Ferrer (1977), María Elena Cárdenas (1968)); como experiencia plástica y social (Consuelo Lewin (1970), Alejandra Wolff (1971), Daniela Rivera (1973), Ignacio Gumucio (1971)); como territorio de disputas políticas y  simbólicas (Gerardo Pulido (1975), Rosario Perriello (1973), Rodrigo Zamora (1970), Sebastián Mahaluf (1976), Cristián Velasco (1971), Paz Carvajal (1970)); como testimonio de época de la ocupación urbana o territorial (Jorge Gronemayer (1971), Camilo Yáñez (1974), Claudio Herrera (1968)); como mixtura entre ruinas, interior y paisaje (Natalia Babarovic (1966); como caracoles de los 80 (Cristóbal Palma (1974)); como territorio de disputa (Alejandro Quiroga (1967)), y como un paisaje material en vías de extinción (Francisca Sánchez (1975)).

La obra de Alejandra Wolff, académica de la Escuela de Arte UC, es presentada aquí como parte de un entendimiento del espacio como experiencia plástica y social.

La poética del espacio

El título de esta exposición es una cita al libro La poética del espacio de Gaston Bachelard, quien dedica sus páginas a espacios “queridos y entrañables”, sin dar cabida a todos aquellos lugares que la conciencia europea de posguerra no quería recordar: cárceles, trincheras, campos de exterminio. De acuerdo con César Gabler, su poética es un compendio de espacios amables, nidos de la imaginación poética. 

Lo político surge como alternativa aquí, para describir el modo en que los artistas asumen lo espacial en el Chile de la Transición. El espacio como la clase de síntoma o de vestigio que la poética de Bachelard, prefirió evitar. Se trata de una forma de comentar las condiciones de la política y de la sociabilidad, a partir de los espacios que se levantan, se abandonan o entronizan. Algo presente, al menos desde los años ochenta”, explica el curador.

Como tesis personal, el curador sostiene que pese a la existencia del Fondart (que este 2021 cumple 30 años) los artistas nunca tuvieron cómo sentirse parte del sistema, cargaban una debilidad estructural como clase.

Las dependencias que hoy ocupa Matucana 100 han experimentado múltiples transformaciones desde su habilitación a comienzos del siglo XX, como antigua bodega de un centro estatal de aprovisionamiento. Para Gabler, estos antecedentes fueron claves en su propuesta curatorial: “La época a la que pertenece el recinto, corresponde a uno de los períodos históricos en los que el país dio señales de un giro industrial. Una época marcada por las fundiciones, las maestranzas y la producción industrial. Ese tejido productivo dependía de la red de trenes y requería de instalaciones como la de Matucana 100, que podemos considerar como un vestigio de un proyecto nacional truncado”.

En el caso de esta exhibición —asegura el curador— se presentan desde visiones nostálgicas o traumáticas, hasta estampas irónicas de las condiciones que una sociedad de libre mercado terminó por imponer en el espacio público y en la esfera privada.

La obra de Paz Carvajal, académica de la Escuela de Arte UC, es presentada aquí como parte de un entendimiento del espacio como territorio de disputas políticas y  simbólicas.

La desafección de una generación

Asumiendo el riesgo de buscar características generacionales, César Gabler plantea que la pléyade de artistas que participan en esta muestra  —todos nacidos entre 1966 y 1977— estuvo marcada, al menos en sus inicios, por la tensión entre unas estéticas de raigambre neo conceptual y de otra, por la recuperación de la pintura, a partir de los tópicos que aparecían a comienzos de siglo: el cuerpo, la narrativa y la pintura en sí misma. 

“Lejos de revivir la pugna entre producción mecánica de la imagen y manualidad, que animó tanto debate ochentero, hubo cierta libertad para transitar de un sistema a otro”, asegura el curador, quien también considera la ironía como otro elemento significativo para el trabajo de esta generación. “Hay una numerosa producción que buscó evidenciar las contradicciones del modelo neoliberal a partir de la ironía o de una evocación a aquellos espacios que mostraban las grietas o la resistencia”, plantea.

De acuerdo con César Gabler, las y los creadores de esta generación “pronto captaron que la clase política jugaba su propio juego y por lo mismo la democracia aparecía como un significante -si no vacío- al menos sospechoso. No había brillo y sí opacidad. La promesa concertacionista de la alegría, con su encarnación en el arcoiris, es algo que desde luego contrastó con lo que vino. Una sociedad de consumo a la que los artistas jóvenes, difícilmente sujetos de crédito, no fueron invitados”. 

Como tesis personal, el curador sostiene que pese a la existencia del Fondart (que este 2021 cumple 30 años) los artistas nunca tuvieron cómo sentirse parte del sistema, cargaban una debilidad estructural como clase.

Comparte nuestro contenido en: